Estudiar tras las rejas: “La cárcel ha sido una escuela para mi vida”

Ella quería ser médico, quería casarse y tener hijos. Jamás pensó que pasaría diez años de su vida privada de libertad. Hoy, a los 24 años, y habiendo pasado casi seis en la cárcel, estudia en la universidad mientras cumple condena por un delito del que se declara inocente. “Me da susto salir, afuera no tengo nada”, reconoce, mientras intenta recomponer su vida.

Por Benjamín Aguirre Romero

Una década es lo que separa a una generación de otra. En diez años se pueden estudiar dos carreras profesionales. En el decenio de un matrimonio se celebran las bodas de aluminio. Entre los 18 y 28 años buena parte de la gente pololea varias veces, se casa, tiene hijos, viaja, alcanza a tener uno o dos trabajos. En Chile durante ocho años transcurren dos periodos presidenciales. Diez años y dos días es la condena que está cumpliendo Camila (24) —así prefiere que la llamen— por un delito que asegura jamás cometió.

El 9 de octubre de 2007 recibió la noticia de que su pololo, el único que ha tenido en su vida, estaba detenido en Argentina. Al día siguiente, Camila, que en ese momento tenía apenas 18, fue arrestada en la Universidad de Santiago, donde estaba estudiando un Bachillerato en Ciencias con la intención de cambiarse a Medicina. A su mamá la fueron a buscar, el mismo día, detectives de la policía de investigaciones a la importadora en la que trabajaba como secretaria. “Nunca me imagine que yo estaba involucrada en algo así”, recuerda Camila.

Su papá ya estaba cumpliendo condena cuando a ella y su mamá las procesaron bajo la imputación de tráfico de drogas y asociación ilícita, “tenía un proyecto de vida, quería estudiar, formar una familia, y todo se derrumbaba de pronto”. Cuando llegó a la Cárcel de Mujeres de San Miguel a cumplir con la medida cautelar de prisión preventiva mientras se llevaba a cabo el juicio, su padre inició una huelga de hambre, “era un grito desesperado, él no sabía qué hacer para demostrar que mi mamá y yo no teníamos nada que ver”. En ese contexto conoció a la hermana Nelly León, la religiosa a cargo de la Pastoral Penitenciaria, la persona que fue su tabla de salvación.

Dos años duró el juicio, “lo único bueno es que estaba con mi mamá”. Fueron declaradas culpables, Camila condenada a diez años y dos días, y su madre a once: “En ese momento yo tenía 20. Me desesperaba saber que tenía que pasar ocho años más de mi vida en la cárcel, pensaba que el tiempo no pasaría nunca. Antes de la condena decía que si me daban más de cinco años me iba a suicidar. Imagínate que hay cosas en las que uno piensa como increíbles, que si pasaran uno se moriría, pues bien una de esas situaciones me estaba ocurriendo en la realidad. Sentí que no era capaz”.

La opción por la vida

Mientras Camila accede a tomarse algunas fotos para este artículo, intenta no pisar el pasto, ni “saltarse” las soleras del bandejón central de la Alameda a la altura de Los Héroes. No quiere hacer nada que se acerque a infringir una norma, no quiere perder el beneficio que ha ganado de salir a estudiar todos los días. A partir de marzo de este año, cada mañana viaja desde el recién estrenado Centro de Estudio y Trabajo (CET) femenino semiabierto (Ver recuadro) hasta una prestigiosa universidad del barrio alto, donde está becada estudiando Obstetricia. El primer semestre no solo pasó todos los ramos, sino que sacó promedio 6,2. Ahora, además puede salir los domingos, visitar a sus dos hermanos (de 15 y 20 años), rearticular de a poco su proyecto de vida. El camino para llegar hasta aquí no fue fácil.

Estuvo cinco años y tres meses sin ver la luz del sol, entre barrotes. Trabajó en un taller de ventanas al interior de la Cárcel de Mujeres de San Miguel, siempre con su mamá. “Con la hermana Nelly empecé a acercarme a la Iglesia en serio, porque mientras estudié en el Liceo 7 de Providencia participé de la pastoral. Pero afuera es diferente por el ritmo de trabajo y estudio, eso impide que uno se dedique a lo espiritual. La hermana me ayudó a mirar la vida de otra forma, a pensar que aunque no tengo libertad tengo muchas otras cosas”. En 2011, cuando la hermana le contó que su congregación -la del Buen Pastor- le iba a dar una beca para estudiar, Camila empezó a preparar la PSU. Le fue bien, pero aún no podía salir a la universidad, con cuatro años de presidio no cumplía con el requisito mínimo para postular al beneficio: haber permanecido un tiempo mínimo de reclusión del total de su condena.

A las 6:30 horas emprende la marcha de lunes a viernes, y debe estar de vuelta a las nueve y media de la noche, “soy como la cenicienta”, dice riendo. Tiene dos compañeras que conocen su situación, mantiene buena relación con todos, pero prefiere no contarle a los demás, “uno no anda por la vida compartiendo sus secretos con todo el mundo. Además no sé como puedan reaccionar, en Chile hay muchos prejuicios”.

De ese ex pololo, su único amor, y que estaba involucrado en la organización delictual que dirigía su padre, sabe que sigue en Argentina, que está en libertad, y que tiene una mujer y dos hijos: “el tema del amor es fundamental. Ahora no puedo proyectarme en una relación, porque no siento que sea 100% yo. Me han invitado a salir, pero por ahora prefiero decir que no”. Le quedan tres años y medio de condena, porque le han descontado tiempo debido a su buena conducta.

Cuando Camila repasa lo que ha sido su historia, y recuerda que todo esto ocurrió por la clandestina actividad delictual de su papá, reconoce que en la relación con él existen temas pendientes, “nos debemos una conversación. Está cumpliendo una condena de 35 años, le quedan como 25, tenemos tiempo para hablar. Durante estos años hemos sufrido tanto todos que me parecía innecesario hacer crecer el dolor, que también está viviendo él. Ahora que salgo con dominical, pedí permiso y lo fui a ver con mis dos hermanos, pero tampoco sentí que fuera la instancia para decirle algo, porque estaba tan feliz de vernos a los tres reunidos, que eso dejó atrás todo. Sé que tengo que perdonarlo, no sé si él sienta que me tiene que pedir perdón, eso es lo que hay que hablar”.

Sobre lo que será su vida una vez que salga de la cárcel, la respuesta en ambivalente: “He visto muchas cosas, riñas, gente ensangrentada, violencia, he sentido miedo. Cuando ‘caí’ tenía 18 años, era pollita, las demás me veían como la niñita que andaba con su mamá, por eso nunca he tenido una mala experiencia. Todo lo que he vivido en la cárcel ha sido para mejor, no ha sido una escuela del delito, en mi caso siento que saldré mejor, ha sido una escuela para la vida. Para mí la cárcel es mi casa, un nido. Me da más susto salir, afuera no tengo nada, voy a tener que empezar a arreglármelas por mí misma. Claro, va a ser bacán, porque tendré las riendas de mi vida al cien por ciento, pero no será fácil”

CENTRO DE ESTUDIO Y TRABAJO (CET) FEMENINO SEMIABIERTO

En diciembre del año pasado se abrió el nuevo centro que ocupa las dependencias del ex Juzgado de Menores de la Comuna de San Joaquín-, una instancia que permite que hasta 200 mujeres trabajen o estudien, promoviendo la rehabilitación real y favoreciendo la reinserción laboral. El 26 de diciembre Camila y su mamá fueron trasladadas desde la cárcel de mujeres de San Miguel, a este reciento que es más parecido a una casa, “tiene un antejardín, un balconcito con una escalera por fuera, los dormitorios están arriba, todo es impecable. Es una casa realmente, que por fuera parece colegio porque tiene mucho vidrio”, comenta Camila.

En el CET Camila tiene acceso a internet, a un computador, cuando sale cada mañana le pasan un celular que devuelve cuando ingresa en la noche. El beneficio es solo durante los meses de estudio, es decir para las vacaciones debe permanecer recluida. Si no existiera este inédito centro para la población penal femenina, sería más difícil que Camila pudiera seguir con su vida.


Fuente: Periódico Encuentro
www.iglesiadesantiago.cl
Santiago, 06 de Septiembre, 2013
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